“La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía.”[1]

Estas personas que nos enseñan cómo alcanzar la meta, son los Santos: cercanos, porque compartieron nuestras fragilidades y nuestras luchas, pero verdaderas estrellas de nuestra vida, porque vivieron las virtudes en forma extraordinaria.

Este blog quiere hacerte conocer a una mujer ejemplar. Hoy la Iglesia, que es Madre de los Santos, está estudiando y valorando sus virtudes y sus obras que hoy perduran: es la Sierva de Dios, Madre Eufrasia Iaconis, Fundadora de las Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires.



[1] Spes Salvi, N° 49

martes, 12 de noviembre de 2013

Madre Eufrasia

La Calabria sin Sofía.
La Iglesia con Eufrasia.
Y en el Cielo otra santa.

¡Qué lindo modo de soñar, Madre Eufrasia!

Hogar sencillo, levadura espiritual,
clima evangélico y gran humanidad.
Y una joven que sueña como todas,
en qué gastar la vida, si para eso está.
Sueña que sueña, inocente aldeana,
que para llegar a santa, no hay camino corto
ni tiempo señalado, sino gracia y quien la da.

¡Qué linda vocación, Madre Eufrasia!

La atrae un deseo, silencioso, y le encanta.
Se imagina entre hermanas, lejos de casa,
compartir la vida como consagrada,
no muy diferente a una joven enamorada.
Eligió por Esposo al más hermoso de los hombres,
que la quiere pobre, fiel y casta.
No hay que decirlo, pero está feliz, y eso basta.

¡Qué seguro modo de andar, Madre Eufrasia!

Religión bien entendida:
piedad de manos al cielo,
prontas al servicio y al consuelo.
Pocas palabras, mucha ternura,
oración y obras, todo por un Reino.
Velo blanco, y un corazón generoso,
Todo por amor, sin cálculos ni miedo.

¡Qué bella pasión, Madre Eufrasia!

¿De dónde tanto cariño, mujer apasionada?
¿En qué brasero renuevas las brasas?
Lo sabemos: te vimos a diario,
recibir la Palabra que salva,
el Pan del peregrino que sacia,
la Sangre que embriaga;
alimento de amor para gente enamorada.

¡Qué sinceras tus entregas, Madre Eufrasia!

Caricia de ángel los niños aguardan,
los jóvenes: confidencia de hermana.
Abrazo de hija a la vejez desamparada,
y a todos, corazón de madre enamorada.
¡Se te va la vida, joven andariega!
Al lado de una cama te vieron orante,
velando el sueño de un enfermo agonizante.

¡Qué duras tus pruebas, Madre Eufrasia!

Espejos de virtudes y ecos de la gracia,
viajes y pesares que marchitan el alma.
Mujer prudente, fortaleza y esperanza,
miras a tu Madre que todo lo alcanza,
hija de la Inmaculada, un signo del cielo,
todo se ha dado según lo deseado,
que a una hija fiel no se niega lo soñado.

¡Qué serena tu pascua, Madre Eufrasia!

¡Qué difícil imaginar un volcán en calma!
Se apagan sus días y serena declara:
Estoy convencida que lo que Él me envía,
es lo mejor para mi alma.
En la partida sosegada hay olor a crisma.
Dios permite a su Sierva ver las espigas cargadas
No hay fruto amargo si lo siembras confiada.

( Escrito en el año 2004)
Mons. Mario Aurelio Poli.
Actual Arzobispo de Buenos Aires

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